Dejar ir...





Voy saliendo torpemente de la niebla y aunque no se disipa del todo en ningún momento, ahora, a días, siento el calor del sol o veo el contorno de algo en la lejanía. Despacio, despacio, justo como no sé hacer las cosas. Despacio, es esa manera que siempre me ha irritado de los demás, a los que he juzgado y condenado como pusilánimes, débiles o insignificantes, así me he descubierto a  mí misma, a momentos.

Quizá sea bueno contar cómo ha sido este viaje, al menos la parte donde los médicos, el cuerpo y el dolor han ocupado todo mi espacio y tiempo. Veo el dolor y sufrimiento que he sentido como un paralelismo con las situaciones que nos van aconteciendo en la vida.

La operación fue fantástica, en menos tiempo del estimado y limpia, retiraron parte del pulmón y tuvieron que romper una costilla, nada fuera de lo común. Ahora casi no recuerdo aquel despertar que supongo agradable porque lo que vino después lo oscureció todo. Iban pasando los días y aún con la morfina y demás calmantes hubo un dolor que no desaparecía del todo. Una tarde fue en aumento hasta llegar a límites a los que aún no puedo ponerle palabras, 14 horas de dolor insoportable hasta que se dieron cuenta que no estaban entrando los mórficos de la epidural, al mismo tiempo se dan  cuenta de que uno de los drenajes está mal colocado. Me lo sacan y dejan el otro, con vistas a que ese fin de semana puedan retirarlo y darme el alta. El pulmón es un órgano que no se regenera sino que se expande y eso es lo que hizo el mío, expandirse. Sin embargo cuando sacaron el ultimo drenaje me causaron, accidentalmente, un neumotórax que hizo que mi pulmón se cayera como un suflé. Esto obligó a dos nuevas intervenciones: una nueva cicatriz para volver a meterme los drenajes y una intervención en quirófano que se llama talcaje. Es una cosa muy interesante, aunque tremendamente dolorosa, utilizan el cuerpo para que éste se sane a sí mismo. Introducen talco entre la pleura y el pulmón para que estos dos órganos sean dañados, es como si sufrieran arañazos, entonces el cuerpo reacciona generando una sustancia que hace que la pleura y el pulmón “se peguen”. Esta intervención pese a la anestesia local me advierten que dolerá tanto en la manipulación como en las 36 horas siguientes… Lo dicho, sabía de mi fortaleza pero no de los límites de dolor que podía soportar, decía un día de broma que si me llego a acordar de que me podía haber desmayado lo habría hecho, pero supongo que mi cuerpo hubiera tomado esta opción si lo hubiera necesitado de verdad. Al final en vez de estar 5 días en el hospital he tenido que estar 15. Y dejo aquí la parte médica que es lo más aburrido de toda la travesía.

Como decía al principio el dolor necesario para sanar fue poco pero ¿Qué sucedió después, para qué tanto dolor?

Una sucesión de acontecimientos o accidentes hacían que el dolor volviera una y otra vez, una y otra vez, como si no hubiera sido suficiente con una. ¿Y, salvando las distancias, no es así como lo hacemos en nuestra vida? no es el dolor si no el regodeo mental y emocional en él, el que nos causa ese sufrimiento insoportable que se nos pega a la piel por años. El dolor llega, se atraviesa y una vez hecha su función se va, es el apego a ese dolor el que nos hace penar, ensombrecernos y evitar nuestra sanación por años, una cadena perpetua auto impuesta. ¿Cuántos “accidentes” provocamos con nuestra insistencia en no alejarnos del dolor? como si eso nos hiciera más dignos de algo, más merecedores de qué, si ni siquiera ya creemos en un posible paraíso. Igual sucede cuando alguien a quien queremos profundamente como nuestra pareja o uno de nuestros padres, se muere. Claro, aquí habría que detenerse a hablar de qué es la muerte, pero si miramos lo obvio, no es más que una despedida como tantas que acontecen en nuestra vida, eso sí, no es negociable ni por quien se va ni por quien se queda. Ahora bien, cuando alguien se va, entramos en una zona de sufrimiento basado en lo que hice o no hice, lo que dije o no dije, en deudas que ya no podrán ser saldadas, en culpas que ni reparan al que se va, ni alientan a quien se queda.

Y es este tremendo y estéril gusto al sufrimiento sea en silencio o público; mejor este ultimo para que se vea nuestra (falsa) bondad, nuestro arrepentimiento (forzado), nuestra pena tardía y se consuele a la víctima que construimos; el que nos aleja realmente de la vida. Me he dado cuenta estos días que cuando el dolor lo ocupa todo no hay sitio para nada más, ni siquiera para la esperanza, ni siquiera para el contacto, porque duele tanto que hasta una caricia parece hecha de espinos y no puedes más que rechazarla. Y así es nuestra vida, tan llena de sufrimientos ya resentidos y huecos que
no dejan sitio para nada más.

Me estoy dando cuenta de lo equivocados que estamos en dónde ponemos el acento cuando algo nos sucede, de la verdad que hay en que no importa lo qué nos pasa, si no lo que hacemos con ello, cómo lo abordamos, cómo lo tomamos o lo negamos y que seguir adelante con serenidad no es una traición ni ofende a quien nos quiere y menos a los muertos.

No sólo hablo de los muertos que abandonan su cuerpo. Recorremos la vida acompañados de personas que nos acaban resultando imprescindibles, parejas, maestros, amigas y de repente; nunca es de repente aunque así nos lo parece; desaparecen, se mueren para nosotros. Y está bien. Es doloroso que desaparezcan, claro, más aún cuando no hemos participado de la decisión, pero esperar, desear o forzar que se queden es sufrir en vano y negarles, negarnos el respeto necesario entre dos partes que se han querido.  A veces no es justo ni proporcionado, pero en mi caso que peco de prepotente, de omnipotente es importante aceptar que no todo depende de mí, ni siquiera lo malo y que si alguien quiere irse de mi vida, quizá no sea por algo que yo hice o dije, si no porque esa persona ya no vibra en la misma energía que yo y agradecida le dejo marchar, para que siga su camino y para que yo no siga engañada de alguien que realmente no quiere mi compañía.

Es bueno, es natural que quede en el lado del camino lo que no nutre, porque más vale un largo y duro invierno que una falsa primavera. Pero no es fácil hacer lo que digo y me he dado cuenta que cuando se me impone una perdida no lo acepto de buen grado ni tengo por qué y si la furia se me agarra de compañera, no pienso darle la patada ni echarla a codazos, porque es entonces cuando me daño por no respetarme a mí misma. Empiezo a aceptar algo con lo que llevo luchando unos años, no soy una santa ni estoy iluminada y parte de mi fuerza está en una de mis emociones más presentes es la rabia, de modo que he decidido darle su sitio para que una vez se quede saciada pueda partir y yo dejarla ir, así no se convertirá ni en resentimiento ni en lastima de mí. Voy a hacer alquimia con mi furia y la convertiré en una fuerza serena y arraigada. Parece que va a ser verdad aquello que ponía en una camiseta que llevaba con 16 años “Cuando soy buena soy muy buena pero cuando soy mala soy mucho mejor”

Así pues, voy volviendo con menos equipaje y con algo más de conocimiento sobre mi misma. Es curioso, volviendo a algo que decía al principio que hace años vi la película de “El pianista” me pase toda la película criticando y enfadándome con el protagonista al que calificaba constantemente de pusilánime, débil e insignificante. Hace poco la he visto y no he parado de identificarme con él, de llorar encogida con él, con su miedo, con su fragilidad, con su impotencia y soledad, me siento más completa ahora que doy cabida a esas partes de mí que había condenado al hueco que hay debajo de la escalera y es que dejo de ser implacable con el otro y conmigo….



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